
El debate sobre cuánto tiempo deberían dedicar los niños a los videojuegos suele reducirse a establecer un límite de horas. Sin embargo, una investigación con 2.442 menores de entre 7 y 11 años muestra un escenario más complejo, en el que un uso moderado puede asociarse con determinados beneficios, mientras que una exposición elevada coincide con mayores dificultades sociales y de conducta.
El estudio, liderado por Jesús Pujol y publicado en Annals of Neurology en 2016, examinó la relación entre las horas semanales dedicadas a los videojuegos, determinadas capacidades cognitivas y problemas de comportamiento. Los investigadores encontraron que jugar alrededor de una hora semanal estaba asociado con respuestas psicomotoras más rápidas y consistentes ante estímulos visuales, aunque superar las dos horas no produjo mejoras adicionales en la velocidad motora.
En el extremo opuesto, los resultados mostraron que dedicar nueve horas o más por semana a los videojuegos estaba asociado con mayores problemas de conducta, conflictos con otros niños y una reducción de las conductas prosociales. Los propios investigadores advirtieron que estos resultados establecen asociaciones y no permiten determinar si jugar con frecuencia provoca esos problemas o si niños que ya presentan determinadas características tienden a jugar durante más tiempo.
La investigación también examinó mediante resonancia magnética a un subgrupo de 260 participantes aproximadamente un año después. Los cambios relacionados con los videojuegos fueron especialmente visibles en la materia blanca de los ganglios basales y en la conectividad funcional, regiones vinculadas con procesos de aprendizaje y adquisición de habilidades.
Los resultados llevaron a los investigadores del Hospital del Mar e ISGlobal a señalar que una cantidad relativamente pequeña de juego puede ser suficiente para observar mejores habilidades visuomotoras. En su divulgación de los hallazgos, ambas instituciones destacaron las dos horas semanales como una referencia en la que se observaban beneficios, frente a las nueve horas o más asociadas con consecuencias negativas.
Esto no significa que dos horas semanales constituyan un límite universal, ni que superar esa cifra convierta automáticamente el uso de videojuegos en perjudicial. Tampoco permite concluir que determinadas horas de juego prevengan una adicción. El trabajo estudió asociaciones entre tiempo de uso, capacidades y comportamiento en niños de una franja de edad concreta, por lo que sus resultados deben interpretarse dentro de esos límites.
Más que establecer una frontera rígida entre un número de horas “bueno” y otro “malo”, la evidencia refuerza la importancia de observar cómo los videojuegos encajan en la rutina del menor. El tiempo constituye una variable relevante, pero debe considerarse junto con el descanso, las responsabilidades escolares, la actividad física, las relaciones sociales y el acompañamiento de los adultos.