Steam Frame llega con una cifra difícil de ignorar, US$1.059 por el modelo de 256 GB y US$1.299 por el de 1 TB, precios que la sitúan lejos del consumidor curioso y la convierten en una compra para entusiastas, aun así, reducir toda la discusión a cuánto cuesta sería quedarse en la superficie, porque Valve no solo debe defender una etiqueta de cuatro cifras, también necesita explicar por qué alguien querría incorporar nuevamente un visor a su rutina.

Sobre el papel existe una propuesta atractiva, Steam Frame funciona sin cables, ejecuta SteamOS sobre arquitectura Arm, permite jugar títulos de realidad virtual o tradicionales, puede procesar determinadas experiencias localmente y prioriza la transmisión desde un PC mediante un adaptador dedicado de 6 GHz, además, sus lentes pancake alcanzan 2160 × 2160 píxeles por ojo, mientras el seguimiento ocular alimenta una transmisión foveada que concentra la mayor calidad donde mira el usuario.
Valve también parece haber entendido uno de los grandes fracasos físicos de esta categoría, la incomodidad, el visor completo pesa aproximadamente 440 gramos, reparte parte de la masa en una batería trasera y, según las primeras evaluaciones, resulta sensiblemente más equilibrado que alternativas como Quest 3, no es un detalle menor, porque un dispositivo que incomoda después de treinta minutos jamás puede transformarse en una plataforma cotidiana.

Sin embargo, solucionar la ergonomía no resuelve la fricción cultural, para utilizar realidad virtual hay que aislar momentáneamente la vista, despejar espacio, ponerse un dispositivo en la cara y aceptar una experiencia menos espontánea que encender una pantalla, Valve puede mejorar cada uno de esos pasos, pero no puede eliminarlos, por eso la competencia real de Steam Frame no es únicamente Meta Quest, sino también el sofá, el televisor, el teléfono y cualquier formato que permita jugar o compartir sin abandonar el entorno.
A esta dificultad se añaden concesiones difíciles de explicar en un producto premium, la transferencia del entorno incluida es monocromática, la cámara externa para obtener color cuesta US$149, el cargador USB-C se vende por separado y la batería de 21,6 Wh puede durar menos de una hora con títulos exigentes, aunque admite baterías externas y Valve prepara soluciones modulares, el comprador inicial sigue pagando una cifra elevada para entrar en un producto cuyo potencial completo depende de accesorios y futuras mejoras.

La apertura del sistema es su argumento más poderoso, Steam Frame ofrece una alternativa a los ecosistemas cerrados, permite acceder a un escritorio Linux, facilita la instalación de software y conecta con una biblioteca que muchos usuarios ya poseen, incluso incluye Half-Life: Alyx, cuya adaptación autónoma demuestra una capacidad técnica notable, sin embargo, un catálogo existente no equivale automáticamente a una razón nueva para adoptar la realidad virtual, menos aún cuando parte de ese catálogo funciona mejor mediante transmisión desde otro computador.
Steam Frame puede ser un excelente laboratorio para desarrolladores, entusiastas y usuarios que desean realidad virtual sin depender de Meta, pero esa es precisamente la pregunta que Valve todavía debe responder, ¿está construyendo una plataforma capaz de ampliar el mercado o el visor definitivo para un público que ya estaba convencido?, el precio limita la adopción, aunque el problema más profundo es que la categoría continúa buscando una utilidad cotidiana proporcional al esfuerzo de usarla, si Valve consigue crear ese hábito, los US$1.059 serán una barrera, si no lo consigue, terminarán siendo la explicación más cómoda para un fracaso que comenzó mucho antes de pasar por caja.