
Crear un videojuego y llevarlo hasta una tienda digital tradicionalmente ha requerido conocimientos de programación, equipos especializados y meses o años de producción. La expansión de asistentes de código basados en inteligencia artificial empieza a modificar parte de esa ecuación, como muestran varios proyectos deportivos desarrollados por equipos mínimos o incluso por personas sin experiencia profesional previa en programación. Claude Code, por ejemplo, puede leer bases de código, modificar archivos, ejecutar comandos y participar directamente en tareas de desarrollo.
Uno de los casos más llamativos es 38-0-0, creado por Deniz Sancar, fundador de la firma de marketing Virlo.ai. Inspirado en el juego de baloncesto 82-0, Sancar construyó durante una noche una primera versión web con Claude Code y posteriormente utilizó la misma herramienta para desarrollar la aplicación. En junio, el proyecto llegó al primer puesto entre los juegos gratuitos de la App Store del Reino Unido, superando temporalmente a títulos establecidos como Fortnite.
La propuesta es sencilla. Los jugadores reciben clubes y temporadas de distintas etapas del fútbol y deben construir una alineación capaz de completar una campaña perfecta de 38 victorias, sin empates ni derrotas. El caso resulta relevante no tanto por su complejidad técnica, sino porque demuestra hasta qué punto las herramientas asistidas por IA pueden reducir el tiempo necesario para convertir una idea pequeña en un producto funcional distribuido públicamente.
Un fenómeno similar ocurrió con Destiny Eleven, creado por el ingeniero informático francés Maxence Pigné. El juego permite simular la carrera de un futbolista profesional y, aproximadamente dos semanas después de su lanzamiento, ya acumulaba más de un millón de usuarios. La propuesta nació después del Mundial de 2026 y también recurrió a Claude Code durante su desarrollo, convirtiéndose rápidamente en uno de los ejemplos europeos más visibles de esta nueva generación de proyectos deportivos creados con asistencia de IA.
Estos casos aparecen en un mercado donde el teléfono sigue siendo una de las principales plataformas de distribución de videojuegos. Sensor Tower estima que los juegos móviles generaron cerca de US$82.000 millones en compras dentro de aplicaciones durante 2025, un crecimiento aproximado del 1,3 % frente al año anterior. Sin embargo, las descargas descendieron, una señal de que el sector está pasando de priorizar volumen de usuarios a competir cada vez más por retención, monetización y tiempo de juego.
La inteligencia artificial puede acelerar programación, prototipado y tareas repetitivas, pero no elimina los principales desafíos comerciales. La facilidad para producir también significa que más proyectos pueden llegar al mercado, elevando la competencia por visibilidad. El éxito inicial de una aplicación tampoco garantiza su sostenibilidad, especialmente en un segmento donde la retención, las actualizaciones, la comunidad y las compras dentro del juego determinan buena parte de su viabilidad.
Lo que empieza a cambiar, por tanto, no es únicamente la velocidad de producción, sino quién puede intentar desarrollar un videojuego. Herramientas capaces de transformar instrucciones en código están reduciendo algunas barreras técnicas de entrada y permiten que personas con equipos pequeños conviertan conceptos en productos jugables con mayor rapidez. Casos como 38-0-0 y Destiny Eleven muestran el potencial de ese cambio, aunque también dejan una conclusión menos automática que la promesa de la IA: producir más rápido facilita llegar al mercado, pero construir un videojuego sostenible sigue dependiendo de la calidad de la idea, su ejecución y la capacidad de mantener jugadores.