El jueves 24 de septiembre a las 10:16 pm, las ráfagas gélidas de la muerte llegaron para decirme que la persona más importante de mi vida, no me acompañaría más en este plano. Estos días he pensado mucho en una frase que me dijo mi mejor amigo al día siguiente de su fallecimiento: ¿Qué es el duelo, si no el amor que persevera? Y aunque hay momentos en que me ayuda a entender lo que siento, en muchos otros no me alcanza.

Todavía me cuesta comprender que se haya ido, que una vida tan presente en la mía sea ahora una ausencia que no sé dónde poner. Las lágrimas no llegan como imaginé que llegarían y, por momentos me pregunto qué dice eso de lo que siento. Quisiera encontrar las palabras para contar lo que ella significó para mí con la misma facilidad con la que escribo sobre la industria, pero cuando intento acercarme a su recuerdo, las frases se quedan a medio camino, como si nombrar todo lo que fue también me obligara a aceptar que ya no está.
Últimamente no juego mucho por falta de tiempo, pero hace unos días, casi por casualidad, empecé a rejugar Expedition 33. Allí, cada año una mujer pinta un número sobre un monolito y convierte una edad en despedida: los cuerpos se deshacen en pétalos, como flores que se marchitan al cumplir su ciclo, mientras quienes los aman todavía buscan el calor de sus manos. Esa espera se hace profundamente dolorosa porque conocer de antemano la partida no nos prepara para la ausencia.
Mientras jugaba, era inevitable pensar en mi abuela. Durante sus últimos años ya no me reconocía, y las conversaciones de antes se habían quedado viviendo en mi memoria. Quizá una parte de mí llevaba tiempo despidiéndose de ella, pero nunca sentí que la hubiera perdido: todavía podía verla, acercarme, acompañarla, encontrar en su presencia algo de ese hogar que había sido para mí. No necesitaba que supiera quién era yo para saber quién era ella.
Mi abuela siempre quiso que fuera médico y, aunque mi camino me llevó hacia otro lado, nunca dejó de recordarme que, eligiera lo que eligiera, debía hacerlo con integridad. Desde niño me enseñó que ser una buena persona era algo que se construía cada día. En mis momentos más difíciles encontraba refugio en ella, siempre dispuesta a escucharme, sin juicios, y sin tener que esconder lo que me dolía. Sabía quién era yo incluso en momentos en que yo mismo necesitaba recordarlo, a su lado me sentía protegido.
Constantemente hablamos de inversiones, modelos de negocio y oportunidades de crecimiento, asuntos esenciales para la sostenibilidad de un proyecto. Pero detrás de lo que construimos también están las manos que nos sostuvieron cuando todavía no sabíamos hacia dónde ir, las voces que nos devolvieron la confianza y el cariño que nos dio un lugar desde el cual atrevernos a salir al mundo. Para mí, esas manos, esa voz y ese lugar fueron mi abuela.
Hoy intenté rendirle este pequeño homenaje con las palabras que pude encontrar. Tal vez algún día volvamos a encontrarnos y pueda contarle hasta dónde llegó esta idea. Me gusta imaginarla sentada, escuchándome como siempre lo hizo, y a mí sin prisa por terminar de contarle, porque esta vez tendríamos todo el tiempo.