
La conversación sobre la industria colombiana de videojuegos suele concentrarse en quienes desarrollan títulos, forman talento o prestan servicios a compañías extranjeras. Sin embargo, entre la creación de un juego y su llegada al consumidor existe otra capa del negocio: empresas que conectan plataformas, distribuidores y públicos fragmentados por monedas, medios de pago, precios y restricciones regionales. Ese es el espacio en el que busca crecer Snaau, una compañía nacida en Cartago cuyos fundadores viajaron al Tokyo Game Show 2026 con la intención de acercarse directamente a algunos de los mayores actores del mercado.
La empresa, dirigida por los hermanos Jhoan y John Cortés, comercializa videojuegos, suscripciones, tarjetas y otros productos digitales. Según cifras entregadas por la propia compañía a Forbes Colombia, sus ingresos pasaron de US$1,7 millones en 2024 a US$6 millones en 2025, un aumento superior al 250 %. Para 2026 espera alcanzar US$10 millones. Los números no cuentan con una verificación financiera independiente disponible públicamente, pero describen una operación que aspira a superar el comercio electrónico local para convertirse en un canal de distribución latinoamericano.
El viaje a Japón forma parte de esa intención. Snaau anunció que asistiría al Tokyo Game Show, celebrado entre el 17 y el 21 de septiembre en Makuhari Messe, en Chiba. La compañía afirmó que buscaría conversaciones con empresas como Capcom, Konami, Square Enix, Nintendo y PlayStation para explorar posibles acuerdos de distribución directa. Hasta la publicación de este artículo no se habían anunciado reuniones confirmadas, contratos ni nuevas representaciones comerciales. Esa diferencia importa: estar en uno de los grandes encuentros internacionales de la industria abre puertas, pero todavía no constituye una expansión.
El modelo de Snaau responde, no obstante, a un problema concreto. América Latina no funciona como un mercado digital uniforme. Los precios, las monedas, los sistemas de pago, la disponibilidad de códigos y las condiciones de cada plataforma cambian entre países. Para una editora internacional, llegar a esos consumidores puede requerir socios que comprendan las particularidades comerciales de la región. Para el comprador, un distribuidor local puede ofrecer pagos en moneda nacional, atención cercana y productos adaptados a su territorio. La intermediación tiene valor cuando resuelve esas fricciones y no se limita a revender códigos obtenidos en otro mercado.

Game Pass ha sido, de acuerdo con Snaau, una de las categorías que más ha impulsado sus ventas. Esa dependencia también expone uno de los riesgos del negocio. Las condiciones de las suscripciones, los precios, las regiones habilitadas y los márgenes pueden cambiar por decisión de compañías sobre las cuales un distribuidor local tiene poca influencia. La integración de productos procedentes de Estados Unidos y México amplía el catálogo, pero no reemplaza necesariamente una relación contractual directa con los titulares de las marcas.
La posibilidad de negociar directamente con editoras y plataformas sería, por eso, el verdadero salto. Un acuerdo de distribución podría mejorar precios, garantizar inventario, ampliar territorios autorizados y convertir el conocimiento comercial acumulado por Snaau en una ventaja difícil de replicar. También exigiría demostrar capacidad operativa, cumplimiento normativo, protección al consumidor y volumen suficiente para representar a una región diversa. La facturación declarada ayuda a abrir una conversación, pero el tamaño de las ventas no revela por sí solo la rentabilidad, el origen del inventario ni la solidez de esas relaciones.
La presencia en Tokio tampoco debería confundirse con representación oficial de Colombia. Snaau comunicó que asistiría al evento, pero no aparece evidencia pública suficiente para afirmar que participó como expositor o que fue la única empresa colombiana presente. Esta precisión no reduce el valor del viaje; permite evaluarlo con una medida más exigente. Los encuentros internacionales tienen sentido cuando producen acceso, conocimiento o contratos que una empresa difícilmente conseguiría desde su mercado de origen.
El caso de Snaau amplía, en todo caso, la definición de industria que suele utilizarse en Colombia. Un país no participa únicamente cuando crea propiedad intelectual: también lo hace cuando desarrolla infraestructura comercial, especialización regional y capacidad para colocar productos frente a consumidores. El resultado de Tokio no deberá medirse por las fotografías con grandes marcas, sino por lo que ocurra después: acuerdos verificables, mejores condiciones de compra, nuevos territorios y una menor dependencia de intermediarios. Si Snaau consigue avanzar en esa dirección, su historia dejará de ser la de dos empresarios colombianos que llegaron a un gran evento y empezará a ser la de una compañía capaz de convertir el conocimiento del mercado latinoamericano en poder de negociación.